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lunes, 15 de abril de 2019

Magallanes y la circunnavegación de la tierra





El 27 de abril de 1521, el navegante portugués al servicio de España Fernando de Magallanes fue muerto por los indígenas de Filipinas. Había salido de Sevilla rumbo a América del Sur el 10 de agosto de 1519 intentando circunnavegar el mundo. Fue el primero en descubrir el paso entre los océanos Atlántico y Pacífico, por el estrecho que lleva su nombre, pero no logró concretar la hazaña de dar la vuelta al mundo.
Sin embargo, su expedición, tras su muerte comandada por el navegante español Juan Sebastián Elcano, lograría el 6 de septiembre de 1522 concretar la primera circunnavegación del planeta y demostrar que la tierra era redonda, ya que navegando siempre en la misma dirección, se había llegado al punto de partida.
Fuente: Genaro Cavestany, El centenario de Magallanes, Sanlúcar de Barrameda, Tipografía Domenech, 1915, págs.18-20.
Magallanes salió del puerto de Sanlúcar de Barrameda, resuelto a hallar el anhelado paso entre los dos mares, y lo halló después de las infructuosas tentativas de sus múltiples predecesores, y sin utilizar el resultado de los trabajos, inútiles, pero meritorios, de aquellos. Con conocimiento incompleto, pero muy aproximado a la realidad, de la topografía del Continente americano, comprendió, o presintió, que el deseado paso estaría al Sur, pero no tanto como en realidad estaba. Aquel viaje era interminable.

Después de haber recorrido las inmensas costas, ya conocidas, del Brasil y las apenas surcadas de la Argentina hasta un poco más al Mediodía del gran estuario del Plata, costeó la Patagonia, región inmensa no navegada aún, y en el paso, que pudo presumir ensenada o río, como tantos otros que hasta entonces habían hecho concebir la comunicación anhelada entre los dos mares, en la mitad del día de Todos los Santos del memorable año 1520, sus ojos contemplaron las bravas olas del irrisoriamente llamado Pacífico mar, que vinieron a demostrarle que Dios había premiado sus anhelos, contrariedades y peligros, y que la comunicación entre el Pacífico y el Atlántico era un hecho consumado, sin cuya realización el descubrimiento de Colón no tenía la importancia que desde aquel momento adquiriera.

Magallanes no dio por terminada su obra como en realidad pudo hacerlo, volviendo a España a dar cuenta de su descubrimiento y a recoger el premio de su denodada expedición, dejando a otros que la completasen dando la vuelta al mundo. El mismo quiso acabarla y puso rumbo a su nave en dirección del ambicionado Occidente, hasta entonces Oriente, proponiéndose volver al puerto del que había salido por el camino opuesto, cuando aún, descubierto el Nuevo Mundo y el Pacífico, se dudaba por muchos sabios y teólogos la verdad presentida por otros, e intentada demostrar por Colón de la esferoidad de la Tierra.

¡Empresa grandiosa y sin precedente que debe ser considerada para la época en que se realizó digna de un Titán!

En la isla de Luzón halló gloriosa muerte Magallanes combatiendo contra los naturales del país. Otro esforzado caudillo, su segundo, Sebastián Elcano, guió entonces la expedición a su término, entrando a los tres años de su salida en el mismo puerto de su partida, por el camino opuesto, siendo el primero que circunnavegó nuestro planeta, por lo cual Carlos V, al ennoblecerle, le dio por divisa: “Primus circundedistis me.”

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

martes, 9 de abril de 2019

El asesinato de Facundo Quiroga




En 1835 Juan Facundo Quiroga residía desde hacía algún tiempo en Buenos Aires bajo el amparo de Juan Manuel de Rosas. El caudillo riojano había luchado en las campañas libertadoras junto a José de San Martín. En 1825, junto a los caudillos federales Juan Bautista Bustos y Felipe Ibarra, se opuso al proyecto político unitario de Rivadavia y se apoderó de la ciudad de Tucumán. Logró sublevar Cuyo y el Noroeste, pero más tarde, al intentar apoderarse de Córdoba, fue vencido por el general unitario José María Paz en La Tablada el 22 Y 23 de junio de 1829 y en Oncativo ocho meses después.

Quiroga mantenía con Rosas una relación de aliado y era considerado por don Juan Manuel como su hombre en el interior. Las diferencias entre ambos caudillos se centraban en el tema de la organización nacional. Mientras que Facundo se hacía eco del reclamo provincial de crear un gobierno nacional que distribuyera equitativamente los ingresos nacionales, Rosas y los terratenientes porteños se oponían a perder el control exclusivo sobre las rentas del puerto y la Aduana.

En este sentido, Rosas argumentaba que no estaban dadas las condiciones mínimas para dar semejante paso y consideraba que era imprescindible que, previamente, cada provincia se organizara: “En el estado de pobreza en que las agitaciones políticas han puesto a los pueblos ¿quién ni con qué fondos podrán costear la reunión y permanencia de ese Congreso, ni menos de la administración general? […] Fuera de que si en la actualidad apenas se encuentran hombres para el gobierno particular de cada provincia ¿de dónde se sacarán los que hayan de dirigir toda la república? ¿Habremos de entregar la administración general a ignorantes aspirantes, a unitarios, y a toda clase de bichos? […] ¿Será posible vencer no sólo estas dificultades sino las que presenta la discordia que se mantiene como acallada y dormida mientras cada una se ocupa de sí sola, pero que aparece al instante como una tormenta general que resuena por todas partes con rayos y centellas, desde que se llama a congreso general? Es necesario que ciertos hombres se convenzan del error en que viven, porque si logran llevarlo a efecto, envolverán la República en la más espantosa catástrofe”.1

Sin embargo, esto no impidió que Quiroga nombrara a doña Encarnación Ezcurra su representante comercial y le regalara un caballo a don Juan Manuel. Rosas le comentaba a su esposa en una carta la habilidad de Facundo: “Mucho gusto tuve cuando supe que Quiroga te había hecho su apoderada. Este es uno de sus rasgos maestros en política; lo mismo que la remisión de un caballo en los momentos en que lo hizo”.2

En 1834, ante un conflicto desatado entre las provincias de Salta y Tucumán, el gobernador de Buenos Aires, Manuel Vicente Maza (quien respondía políticamente a Rosas), encomendó a Quiroga una gestión mediadora. Tras un éxito parcial, Quiroga emprendió el regreso y fue asesinado el 16 de febrero de 1835 en Barranca Yaco, provincia de Córdoba, por Santos Pérez, un sicario al servicio de los hermanos Reinafé, hombres fuertes de Córdoba, ligados a López. Quiroga se había opuesto tenazmente a los deseos de Estanislao López de imponer a José Vicente Reinafé como gobernador de Córdoba.

Nunca sabremos si porque decían la verdad o por temor a represalias contra su familia, lo cierto es que los Reinafé, ni ante los jueces ni ante la horca, acusaron a Rosas ni a López. Sólo se inculparon entre ellos mismos.

El “manco” Paz cuenta en sus memorias que tras la llegada de la noticia del asesinato de Quiroga a Santa Fe –donde él permanecía detenido– se produjo un “regocijo universal”, y poco faltó “para que se celebrase públicamente”.

La muerte de Quiroga determinó la renuncia de Maza y afianzó entre los legisladores porteños la idea de la necesidad de un gobierno fuerte, de mano dura.

El 3 de marzo de 1835, en vísperas de aceptar la gobernación, Rosas escribía: “Dorrego, Villafañe, Latorre, Quiroga y José Ortiz, todos asesinados por los unitarios, pero ni esto ha de ser bastante para los hombres de las luces y de los principios. ¡Miserables! El sacudimiento será espantoso, y la sangre argentina correrá en proporciones”.3

Pronto Quiroga, de la mano de Sarmiento, se transformaría en un símbolo de la barbarie. El padre del aula y gran maestro lo utilizaría como propaganda política al publicar desde Chile su libro Facundo. Civilización o barbarie, con un objetivo explícito: “Remito a su excelencia un ejemplar del Facundo que he escrito con el objeto de preparar la revolución y preparar los espíritus. Obra improvisada, llena por necesidad de inexactitudes, a designio a veces, no tiene otra importancia que la de ser uno de los tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo y preparar el camino de otro nuevo”.4

Referencias:

1 Carta de Rosas a Quiroga desde la hacienda de Figueroa, fechada en San Antonio de Areco, el 20 de diciembre de 1834, en David Peña, Juan Facundo Quiroga, Buenos Aires, 1906.
2  Carlos Ibarguren,  Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Teoría, 1962.
3 Félix Luna (director), Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Planeta, colección “Grandes Protagonistas de la Historia Argentina”,1999.
4 Dedicatoria al general Paz, 22 de diciembre de 1845, en Sarmiento, Obras Completas.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

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