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viernes, 26 de abril de 2013

Justo José de Urquiza









Justo José de Urquiza
(1801 - 1870)
Autor: Felipe Pigna
Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, vencedor de Rosas, gran impulsor de la organización nacional y primer presidente constitucional de los argentinos, nació el 18 de octubre de 1801 en una estancia cercana a Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos. En aquel tiempo, su padre, el coronel José de Urquiza, era comandante de la costa del Uruguay. Los primeros años de Urquiza transcurrieron en el campo hasta que en 1817 se trasladó junto a sus hermanos mayores a Buenos Aires para estudiar en el Colegio de San Carlos, pero debió abandonar los estudios por la clausura del Colegio y regresó a Entre Ríos. A partir de entonces se dedicó al comercio. Trabajó junto a su cuñado hasta establecer su propio negocio: cueros y astas que despachaba a Buenos Aires y Montevideo. Lentamente y paralelamente con el crecimiento de su prosperidad económica, aumentó la influencia de Urquiza en Concepción del Uruguay. La ciudad lo nombró oficial del cuerpo de cívicos, que se encargaba del orden en la ciudad y en el campo. Allí tomará contacto por primera vez con la política y con los grandes debates en torno a la forma de gobierno a adoptar por el nuevo país independiente. Urquiza se inclinó por el federalismo e inició su carrera política que lo llevó a los veinticinco años a ser electo diputado de la legislatura provincial. Allí presentó una serie de proyectos tendientes a mejorar la administración y la economía provinciales, así como innovadoras propuestas educativas.
Su buena labor legislativa incrementó su influencia y su prestigio político. En 1832 fue designado comandante general del Segundo Departamento Principal. Era el cargo que seguía en jerarquía al de gobernador y manejaba los destinos de la mitad más rica de Entre Ríos.
Cuando el gobernador entrerriano Pascual Echagüe dejó su cargo, la Cámara de Representantes eligió a Justo José de Urquiza en su remplazo,  quien asumió dicho cargo el 15 de diciembre de 1841.
Eran épocas duras, de guerras civiles entre los unitarios de Paz, aliados a los orientales de Fructuoso Rivera y los federales de Rosas socios del caudillo oriental Manuel Oribe. Urquiza se unió al bando federal participando en numerosas batallas. Persiguió a Rivera durante casi dos años hasta derrotarlo definitivamente en 1845 en India Muerta. Quedaba José María Paz, el genial estratega unitario, que se había adueñado de la provincia de Corrientes y dirigía las operaciones comandadas por el gobernador correntino Joaquín Madariaga. Urquiza organizó una rápida campaña y Madariaga fue derrotado en Laguna Limpia. El vencedor decidió no atacar a Paz que se encontraba en un lugar de muy difícil acceso y le propuso un pacto a Madariaga. Los dos gobernadores se reunieron en Alcaraz, Entre Ríos, en agosto de 1846 y firmaron los Tratados de Alcaraz, donde reiteraban la vigencia del Pacto Federal de 1831.
Los acuerdos de Alcaraz le cayeron muy mal a Rosas porque promovían la libre navegación de los ríos e insistían en la necesidad de organizar constitucionalmente al país. Rosas comisionó a su secretario Máximo Terrero para denunciar ante los gobernadores "el desvío, la miseria y la ceguera del General Urquiza".
Las presiones de Rosas activaron el conflicto entre Corrientes y Entre Ríos e hicieron fracasar los acuerdos de Alcaraz. La guerra se reanudó y Madariaga fue vencido definitivamente en el Potrero de Vences en noviembre de 1847. El gobierno de Corrientes quedó en manos de un hombre de confianza de Urquiza, el Coronel Benjamín Virasoro.
Terminadas las campañas de 1846 y 1847, Urquiza volvió a ocuparse personalmente de las tareas de gobierno que había confiado en su ausencia a Antonio Crespo su gobernador delegado. Se dedicó sobre todo a promover la educación popular. Para 1848 ya había escuelas públicas en todos los distritos de la Provincia.
Para 1850 Entre Ríos era una de las provincias más prósperas de la Confederación. Atraía a inversores extranjeros y llevaba a los emigrados argentinos en Montevideo a poner los ojos en su gobernador y a visualizarlo como el único capaz de terminar con el régimen rosista. Así pensaba Esteban Echeverría, que le escribía a Urquiza en estos términos: "Debe ponerse al frente de un partido único y nacional que represente a la religión social de la patria representada en la bandera de Mayo. Nos asiste un convencimiento de que nadie en la República Argentina está en condición más ventajosa que Vuestra Excelencia para ponerse al frente de ese partido nacional y promover con suceso la fraternidad de todos los argentinos".
Rosas había adoptado varias medidas que afectaron la economía entrerriana.
Año tras año, argumentando razones de salud, Rosas presentaba su renuncia a la conducción de las relaciones exteriores de la confederación, en la seguridad de que no le sería aceptada. Y lo hacía en términos como estos:
"La irreparable pérdida de mi amante esposa Encarnación, la prolongada lucha de mis más queridas afecciones para subordinarlas a mis altos deberes y los principios de mi vida pública, aléjanme de una posición en que fuera desacuerdo reproducir sacrificios ya colmados. Con intenso anhelo, muy encarecida y humildemente, os suplico que, sin pérdida de tiempo, elijáis la persona que ha de sucederme en el mando supremo de la provincia."
Y la legislatura bonaerense le contestaba: "No hay patriotas esclarecidos, capaces de ponerse al frente de los negocios, sólo en la persona de V.E. pueden depositar confiadamente la plenitud de facultades que acuerda la Ley. Sienten, pues no poder por ahora hacer innovación alguna a las resoluciones anteriores".
En 1851 el gobernador de Entre Ríos emitió un decreto conocido como el pronunciamiento de Urquiza, en el cual aceptaba la renuncia de Rosas y reasumía para Entre Ríos la conducción de las relaciones exteriores.
El conflicto era en esencia económico: Entre Ríos venía reclamando la libre navegación de los ríos -necesaria para el florecimiento de su economía- ya que permitiría el intercambio de su producción con el exterior sin necesidad de pasar por Buenos Aires.
Armado de alianzas internacionales, Urquiza decidió enfrentar al gobierno bonaerense.
El emperador de Brasil, Pedro II, proveería infantería, caballería, artillería y todo lo necesario, incluso la escuadra. El tratado firmado entre Urquiza y los brasileños decía en una de sus partes:
"Su Excelencia el señor Gobernador de Entre Ríos se obliga a obtener del gobierno que suceda inmediatamente al del general Rosas, el reconocimiento de aquel empréstito como deuda de la Confederación Argentina y que efectúe su propio pago con el interés del 6% por año. En el caso, no probable, de que esto no pueda obtenerse, la deuda quedará a cargo de los estados de Entre Ríos y Corrientes, y para garantía de su pago, con los intereses estipulados, Sus Excelencias los señores gobernadores de Entre Ríos y Corrientes, hipotecan desde ya las rentas y los terrenos de propiedad pública de los referidos estados."
En las provincias la actitud de Urquiza despertó diversas reacciones. Córdoba declaró que era un infame traición a la patria y dijo que "Urquiza se había prostituido a servir de avanzada al gobierno brasileño". Otras se pronunciaron en sentido similar e intentaron formar una coalición militar para defender a Rosas, pero ya era demasiado tarde.
Urquiza alistó a sus hombres en el ''ejército grande" y avanzó sobre Buenos Aires, derrotando a Rosas en la Batalla de Caseros, el 3 de Febrero de 1852.
Horas más tarde Rosas escribiría su renuncia. Vencido, el Gobernador de Buenos Aires alcanzó a escribir estas líneas antes de embarcarse en el buque de guerra Conflict hacia Inglaterra, donde vivirá hasta su muerte:
"Durante el tiempo en que presidí el gobierno de Buenos Aires, encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, con la suma del poder por la ley, goberné según mi conciencia. Soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como los malos, de mis errores y de mis actos. Las circunstancias durante los años de mi administración fueron siempre extraordinarias, y no es justo que durante ellas se me juzgue como en tiempos tranquilos y serenos."
Al día siguiente de Caseros, los terratenientes porteños, como por ejemplo los Anchorena, primos de Rosas, renegaron de su pasado rosista y trataron de congraciarse con las nuevas autoridades.
El "Ejército Grande" podría haber entrado a Buenos Aires al otro día de Caseros, pero Urquiza prefirió esperar al 20 de febrero, aniversario de la batalla de Ituzaingó, como desagravio al Imperio brasileño.
Las fuerzas de oposición al Gobernador conformaban un extraño conjunto: Federales antirrosistas, unitarios, jóvenes intelectuales, autonomistas, que sólo tenían en común su oposición a Rosas. Lejos de mantener la unidad, este grupo se dividirá en numerosos bandos políticos.
Si la caída de Rosas parecía el fin de las contiendas provinciales, a partir de ella los enfrentamientos se tornarán más encendidos que nunca y el país parecía estar a punto de estallar en pedazos.
Urquiza se instaló en la casa de Rosas en Palermo. Como Lavalle, para asegurarse el apoyo político, repartió dineros públicos entre un numeroso grupo de oficiales y allegados. El reparto fue mayor que en 1829, también lo era el tesoro en 1852. Las órdenes de pago más modestas eran por veinte mil pesos. Don Vicente López y Planes cobró 200 mil pesos y aceptó asumir como gobernador de Buenos Aires.
He aquí una pequeña parte de la lista de los que recibieron los "incentivos de Urquiza", claro que con dineros públicos:
Teniente Coronel Hilario Ascasubi, 10 mil
Coronel Manuel Escalada, 100 mil
General Gregorio Aráoz de La Madrid, 50 mil
Coronel Bartolomé Mitre, 16 mil
Gobernador de Corrientes, Benjamín Virasoro, 224 mil
General José M. Galán, 250 mil
A su llegada, Urquiza buscó aliados políticos; pero las cosas habían cambiado: rosistas y antirrosistas de Buenos Aires cambiaron de colores y se unieron para asegurar la unidad bonaerense frente a los avances del interior. Urquiza convocó a los gobernadores de las provincias a firmar un acuerdo en San Nicolás, el 31 de mayo de 1852, con el objetivo de lograr un consenso que permitiera la sanción de una nueva y definitiva constitución. El acuerdo respondía a los intereses del interior del país, quitando protagonismo al poder central que se ejercía desde Buenos Aires.
Cada provincia cedería parte de su poder de decisión para delegarlo en un poder central. El nuevo intento integrador tenía bases en el liberalismo económico: se dictó la libre navegación de los ríos y la supresión de las aduanas interiores.
Además, se designó al General Urquiza como director provisional de la Confederación Argentina, asignándole algunas facultades extraordinarias, como el mando de las Fuerzas Militares y el control de todas las rentas. Por último, el acuerdo convocó a un Congreso General Constituyente.
Buenos Aires no tardó en mostrar su enojo. El acuerdo le quitaba sus enormes influencias políticas, otorgando en cambio importantes poderes al propio Urquiza. La legislatura bonaerense rechazó el acuerdo tras largos debates parlamentarios.
Aprovechando la ausencia de Urquiza, que asistía en Santa Fe a la inauguración del Congreso Constituyente, el 11 de septiembre de 1852 estalló una revolución en Buenos Aires. El movimiento reclamaba la renuncia del gobierno y la nulidad del Acuerdo de San Nicolás, al tiempo que proclamó como gobernador al jefe del movimiento, Valentín Alsina. Pero casi simultáneamente, tropas federales que respondían a los intereses del Litoral sitiaron Buenos Aires exigiendo el cumplimiento del acuerdo.
El Congreso Constituyente finalmente pudo reunirse, sin contar con la presencia porteña. Las bases de Alberdi y el modelo de Constitución de Estados Unidos, sirvieron como puntos de partida en la redacción del texto final.
Ante la resistencia porteña, Urquiza decidió bloquear el puerto de Buenos Aires, pero cometió el error de poner al frente de la escuadra al coronel norteamericano John Halsted Coe. El Marino yanqui vendió la escuadra a Buenos Aires el 20 de julio de 1853 por 5000 onzas de oro y se terminó el bloqueo.
La secesión era un hecho. Por un lado, se constituyó la Confederación Argentina, una irregular amalgama de trece provincias que respondían a un gobierno con capital en Paraná. Por el otro, el Estado de Buenos Aires, con intereses definidos, una más sólida posición financiera y con una relativa unidad política.
La Confederación Argentina intentó llevar adelante un modelo que pretendía "olvidarse" de Buenos Aires e instalar una nueva nación. No era sencilla la tarea de Urquiza: crear un sentimiento nacional más fuerte que las identidades regionales.
La Confederación manejaba un presupuesto escaso, producto de la falta de recursos económicos y naturales; la zona más rentable era la Mesopotamia, productora de ganado y cereales; el resto de las provincias, aisladas, desarrollaban actividades económicas destinadas a la subsistencia o a un pobre intercambio con países limítrofes (Paraguay, Chile y Bolivia).
Urquiza trató de combatir la pobre situación económica de la Confederación. Firmó tratados comerciales con Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Solicitó créditos al Brasil. Estimuló la inmigración, creando colonias agrícolas en las provincias del Litoral para desarrollar la producción lanera y cerealera. Fomentó la enseñanza y los estudios científicos. Pero los problemas económicos del interior eran estructurales: faltaban tierras, capitales y no había suficiente mano de obra. Además, el circuito económico del Litoral no cerraba: para comerciar con el exterior, necesariamente las mercaderías -que salían del puerto de Rosario- debían pasar por la aduana de Buenos Aires, y pagar allí fuertes sumas.
El proyecto de Urquiza se desmoronaba. Darle la espalda a Buenos Aires era una estrategia inviable. Los capitales extranjeros no llegaban, carecían de una moneda fuerte, el estado no lograba nacionalizar sus instituciones. Las bases materiales estaban en terreno porteño.
El último intento de la Confederación Argentina, fue endurecer sus políticas hacia Buenos Aires: en 1857 se dictan las Leyes de Derechos Diferenciales, que establecían ventajas a los productos que llegaban a su territorio sin pasar por Buenos Aires.
La ley era una abierta provocación a los porteños. La respuesta no tardó en llegar. Un decreto del Gobernador Alsina prohibía el paso por aguas porteñas de productos de la Confederación. Era una abierta guerra económica y sólo faltaba encender una mecha para que todo estallara.
La guerra económica, entonces, dio paso a las armas: un conflicto político en San Juan fue el puntapié para que las tropas de Buenos Aires y la Confederación se movilizaran.
Los dos ejércitos se encontraron en Cepeda el 23 de octubre de 1859. Las tropas porteñas, al mando de Mitre, cayeron derrotadas.
La victoria le daba a Urquiza una aparente capacidad negociadora. Sin embargo, mostró una actitud moderada y no entró a Buenos Aires, sino que estableció su campamento en San José de Flores. Su intención era resolver rápidamente el conflicto.
Por el pacto de San José de Flores, firmado el 11 de noviembre de 1859, se acordaba que Buenos Aires comprometía su ingreso a la Confederación y ésta, debía aceptar las reformas que Buenos Aires le realizara a la Constitución.
Buenos Aires otorgaba subsidios a las provincias y se comprometía a pagar los gastos de la nueva convención constituyente, donde se incorporarían las reformas propuestas por Buenos Aires; pero mientras tanto, alargaba los plazos de la incorporación y mantenía el control de las rentas nacionales a través de la aduana.
Pero la confederación no podía esperar indefinidamente la incorporación de Buenos Aires a la Nación. El consenso que parecía adquirido no tenía la suficiente solidez y el acuerdo se desmoronó a raíz de un conflicto menor en la provincia de San Juan.
Nuevamente las fuerzas porteñas y del interior se enfrentaron, esta vez en Pavón el 17 de septiembre de 1861, en un combate dudoso y confuso, Urquiza retiró sus tropas, aun teniendo superioridad numérica. Esta vez la victoria fue para los porteños, que extendían de este modo su dominio a todo el país.
Tras la derrota de Pavón, Urquiza se refugió en su Palacio San José y se dedicó a sus negocios agropecuarios. Se negó a apoyar los levantamientos federales de los montoneros del Chacho Peñaloza y Felipe Varela contra la política del puerto de Buenos Aires que asfixiaba al interior y sólo reapareció públicamente en 1865 para apoyar a Mitre en la Guerra del Paraguay. Esta actitud desprestigió mucho su figura en las provincias y generó fuertes rechazos entre sus coprovincianos. En 1868 volvió a la vida política presentándose como candidato a presidente. Fue derrotado por Sarmiento quien a poco de asumir apoyó su nombramiento como gobernador de Entre Ríos y lo visitó en su palacio de Concepción del Uruguay.
El abrazo con Sarmiento, el principal responsable de la muerte del Chacho, le costará muy caro a Urquiza. Para muchos de sus ex compañeros de armas e ideas era la gota que colmaba un vaso que había comenzado a llenarse tras la extraña retirada de Pavón y con el apoyo a Mitre y a la guerra fratricida con el Paraguay. El 11 de abril de 1870, un grupo armado que respondía al caudillo montonero Ricardo López Jordán irrumpió en el Palacio San José al grito de "¡muera el traidor Urquiza!". El general le salió al encuentro dispuesto a defenderse a tiros pero cayó herido por un certero disparo y, una vez en el piso, la partida montonera lo ultimó a puñaladas.
Sus restos descansan desde agosto de 1872 en la Catedral de Concepción del Uruguay. Su recuerdo y su paso por la historia siguen despertando polémicas entre quienes ven en él a un libertador que puso fin al régimen rosista y al gran impulsor de la organización constitucional del país y entre quienes lo consideran un traidor a la causa federal.
Todo parece indicar que la vida amorosa de Urquiza fue muy intensa, pero la única mujer con la que contrajo matrimonio fue Dolores Costa Brizuela, nacida en 1830. Era hija de don Cayetano Costa y doña Micaela Brizuela. Urquiza tenía 50 años cuando conoció a Dolores en una fiesta en Gualeguaychú en la que el invitado de honor era Sarmiento. Dolores fue la fiel compañera de sus últimos años. Él tenía 12 hijos de parejas anteriores cuando la conoció -todos reconocidos legalmente- y con ella tendrá otros 11. La primera de la larga lista fue Dolores, nacida el 30 de abril de 1853, horas antes de la sanción de la Constitución Nacional.
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Fuente: www.elhistoriador.com.ar

domingo, 21 de abril de 2013

Don Pedro de Mendoza



Fundación de Buenos Aires.






Biografia-

Conquistador español del Río de La Plata y fundador de Buenos Aires (Guadix, Granada, h. 1487 - en el mar, 1537). Pertenecía a la familia aristocrática castellana de los Mendoza, titulares del Ducado del Infantado. Como paje de cámara de Carlos I llevó una vida cortesana y también guerrera (combatió contra los franceses en Italia).

Por capitulaciones de 1534, el rey le puso al frente de una expedición destinada a penetrar en el interior de Sudamérica desde sus costas orientales, adelantándose a los portugueses en la carrera por alcanzar las fabulosas riquezas de las que hablaban las leyendas indígenas (referentes, sin duda, al imperio incaico). El mismo Mendoza financió la expedición, obteniendo a cambio amplios poderes de conquista y colonización como adelantado, gobernador y capitán general de un extenso territorio.
Partió de Sanlúcar de Barrameda con 13 navíos en 1535, y en 1536 fundó en el estuario del Plata la ciudad de Nuestra Señora del Buen Aire (origen de la actual Buenos Aires), a la que dio ese nombre en honor de una virgen patrona de los marineros de Cerdeña. Entonces comenzaron sus dificultades: enfermo de sífilis, Mendoza hubo de hacer frente a los ataques indígenas y al hambre, mientras se esfumaban sus esperanzas de encontrar la «Sierra de la Plata» o el «Rey blanco» de los relatos míticos.
Al agravarse su enfermedad decidió regresar a España, completamente arruinado, dejando que fuera su alguacil mayor, Juan de Ayolas, el que continuara la expedición remontando el curso de los ríos Paraná, Paraguay y Pilcomayo. Mendoza murió durante la travesía del Atlántico.

miércoles, 17 de abril de 2013

Juan Manuel de Rosas-Biografia-Laminas-




















Juan Manuel de Rosas
(30/03/1793 - 14/03/1877)

Juan Manuel de Rosas 
Juan Manuel Ortiz de Rozas 
Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio 

Político argentino, gobernador de Buenos Aires (1829-1832; 1835-1852) 



Nació el 30 de marzo de 1793 en el seno de una de las familias más destacadas de Buenos Aires. Hijo de León Ortiz de Rozas y Agustina López de Osornio. Se crió en la pampa, utilizaba las boleadoras muy bien y fue buen domador. Se casó con Encarnación Ezcurra y Arguibel a los 20 años, pero como sus padres se oponían, Encarnación se hizo pasar por embarazada. Con ella tuvo tres hijos: Juan, María ( muerta de niña) y Manuela. Pedro Rosas y Belgrano, fue su hijo adoptivo. 

Enriquecido con la ganadería y la exportación de carne de vacuno cuando el virreinato del Río de la Plataluchaba por su emancipación de España. En el año 1827 aparece como líder militar a favor de la corriente federalista opuesta a las reformas liberales defendidas por la tendencia unitaria, en la que militaba Juan Lavalle, gobernador de Buenos Aires a quien derrotó. 

De 1829 a 1832, fue gobernador de la provincia de Buenos Aires. En 1833 encabezó una campaña contra los indígenas del sur de Argentina, siendo restablecido como gobernador, cargo que aceptó con la condición de que le fueran conferidos poderes dictatoriales, con los que impuso los criterios federales al frente de laConfederación Argentina. Hacia 1829, momento en que asume su primer gobierno, la situación era de gran inestabilidad tanto política como social. En lo político se habían sucedido tres fracasos importantes: la crisis de 1820; el colapso de la presidencia rivadaviana y del congreso constituyente en 1826-1827; y la ruptura militar y posterior guerra civil de 1828-1829. 

Fundó el Partido Restaurador Apostólico, y apoyado por la Sociedad Popular Restauradora, conocida como 'La Mazorca', formó alianzas con los líderes de las demás provincias argentinas, logrando el control del comercio y de los asuntos exteriores de la Confederación. En el año 1843 intervino en la guerra civil deUruguay. Gran Bretaña y Francia tomaron represalias imponiendo bloqueos a Buenos Aires (1838-1840 y 1845-1850). 

En 1851, Justo José de Urquiza, antiguo partidario de Rosas, encabezó una rebelión contra su gobierno con el respaldo de Brasil y Uruguay. Derrocado en 1852, Rosas pasó el resto de su vida en el exilio y falleció el 14 de marzo de 1877 en Swathling, Hampshire, (Gran Bretaña). 


13º Gobernador de Buenos Aires
8 de diciembre de 1829 - 17 de diciembre de 1832
Sucesor: Juan Ramón Balcarce

17º Gobernador de la Provincia de Buenos Aires
7 de marzo de 1835 - 3 de febrero de 1852
Sucesor: Vicente López y Planes

viernes, 5 de abril de 2013

Napoleón Bonaparte -Biografia



Una figura histórica. Napoleón Bonaparte fue el genio militar más brillante del siglo XIX, pero también una de sus figuras más controvertidas. Conquistó la mayor parte de Europa occidental para Francia e instituyó reformas en estos nuevos territorios a fin de garantizar las libertades civiles y mejorar la calidad de vida. Fue coronado emperador de Francia en 1804 y estimuló al país implantando reformas para unificar a la nación, dividida por la revolución; muchas de esas reformas perduran en la actualidad, como las garantías referentes a las libertades civiles. En la imagen, Napoleón en Saint Bernard, obra de Jacques-Louis David.



Joven aguerrido. En marzo de 1796, Napoleón recibió el mando del ejército francés en Italia, donde se llevaba a cabo un enfrentamiento contra Austria; la península fue el escenario de las primeras manifestaciones del gran genio militar de Napoleón. Las victorias de Arcole, Lodi y Rivoli obligaron a Austria a firmar el tratado de Campoflorido. En la imagen, un joven Napoleón en un cuadro de Antoine Jean Gros, Napoleón tomando el puente de Arcole. Ocurrió el 15 de noviembre de 1796; dos días después Napoleón derrotaría al ejército austriaco.


Josefina. Personaje aparentemente frío y calculador, que venció a enemigos y eliminó a oponentes, Napoleón declaró en alguna ocasión haber estado locamente enamorado en su juventud de la que sería su esposa, Josefina Beauharnais, de quien no dudaría años después en divorciarse para contraer nuevo matrimonio con María Luisa de Austria, miembro de uno de los linajes más antiguos de Europa, con quien deseaba tener un heredero para su noble estirpe recién estrenada. El año 1810, el de su enlace con María Luisa, marcó el cenit napoleónico. No obstante, no tardaría en llegar su caída. En el aspecto familiar, María Luisa le dio el heredero tan deseado, Napoleón II, proclamado por su padre en dos ocasiones, pero que no llegó a reinar, pues murió a los veinte años. En la imagen, Josefina en un cuadro de François Pascal Simon Gérard.


La coronación de Napoleón. En 1802, Napoleón logró aprobar la Constitución del año X , que le nombraba Cónsul Vitalicio permitiéndole elegir a su sucesor, lo que significaba la restauración monárquica de hecho. La desconfianza inglesa antes los planes expansionistas napoleónicos reavivaron la guerra; además de poner en marcha un programa de expansión colonial, en el centro de Europa Napoleón tutelaba una reordenación constitucional en su beneficio. Londres incitó varios complots que fracasaron, permitiendo la persecución de los opositores a Napoleón, que acabó consiguiendo la adhesión de antiguos revolucionarios. Ello fue aprovechado por Napoleón para establecer una monarquía militar hereditaria y proclamarse emperador, haciéndose coronar por el Papa en la Catedral de Notre Dame, el 2 diciembre de 1804. En la imagen, detalle del famoso cuadro La coronación de Napoleón, de Jacques Louis David. Napoleón, tras haberse puesto a sí mismo la corona (no permitió que se la pusiera el Papa), convierte a Josefina en emperatriz.


Emperador. El genio militar de Napoleón brilló durante el imperio; revolucionó la concepción estratégica y sentó las bases de lo que sería el arte militar hasta comienzos del siglo XX. Los tres principios básicos de su concepción militar descansaban sobre la potencia, la seguridad y la economía de fuerzas; su manifestación se encontraba en la posesión de la iniciativa y en la búsqueda del objetivo estratégico decisivo, sin perder energías en grandes maniobras de distracción. Napoleón reordenó la composición de los ejércitos, buscando la especialización de los distintos cuerpos, y empleó masivamente la artillería en batalla y la caballería para la persecución del adversario. A partir de 1805 Napoleón sostuvo una serie ininterrumpida de batallas victoriosas contra las potencias coaligadas en su contra. En 1810 Napoleón se encontraba en la cima de su poder; su dominio de los estados vasallos del continente era absoluto, si bien el esfuerzo para mantener el control era extraordinario.



El declive. En la imagen, Napoleón en su estudio (1812), óleo de Jacques-Louis David. A mediados de 1813 el imperio napoleónico estaba rodeado de enemigos en guerra. La gran coalición aliada hizo retroceder los ejércitos franceses, mientras se producían traiciones de los mariscales, los nobles entraban en contacto con los aliados y el pueblo ignoraba la llamada desesperada de Napoleón a defender el suelo patrio. En abril de 1814 Napoleón debió admitir el tratado de Fontainebleau, por el que abdicaba del trono; seguía manteniendo su título de emperador y se le concedía una pensión vitalicia y el gobierno de la isla de Elba. Su cautiverio duró un año. Mientras tanto, en Francia, el retorno de los Borbones volvía a levantar movimientos contrarios. Napoleón salió clandestinamente de la isla y desembarcó en Francia. Con su solo prestigio, sin disparar un solo tiro, Napoleón reconquistó Francia; este vuelo del Águila dio origen al Imperio de los Cien Días. Con su ejército de veteranos hizo frente a los poderosos ejércitos aliados dirigidos por Wellington y Blücher, quienes acabaron imponiéndose en Waterloo (junio, 1815). Al no poder huir a Estados Unidos, Napoleón se entregó a los británicos, quedando confinado en Santa Elena hasta su muerte.


Estratega. Aunque terminó siendo derrotado, nadie pone en duda el genio militar de Napoleón. El 14 de octubre de 1806, en el marco de la guerra de la Cuarta Coalición, Napoleón se enfrentó cerca de Jena al ala izquierda de las fuerzas prusianas, compuestas por 50.000 hombres mandados por el príncipe Friedrich Ludwig de Hohenlohe. Bonaparte disponía de 54.000 soldados y aplastó completamente a las tropas enemigas, haciéndolas huir. Ese mismo día, el mariscal francés Louis Nicolas Davout, que encabezaba un ejército de 27.000 hombres, derrotó en Auerstedt (21 Km. al norte de Jena) a los 50.000 prusianos liderados por el duque de Brunswick. Éste falleció y la retirada de sus tropas se convirtió en una desbandada. La resistencia prusiana quedó aniquilada tras estas dos derrotas y el ejército francés pudo entrar en Berlín en el mes de noviembre. En la imagen, la Batalla de Jena según un cuadro de Horace Vernet.



Un mito. Aún en vida y al tiempo que se iban olvidando los peores tintes de su autoritarismo, la figura de Napoleón fue entrando en la leyenda. Su rápido encumbramiento, las extraordinarias aventuras y su trágico final hicieron de él un arquetipo del personaje romántico. El hijo de la Revolución, como gustaba denominarse, aunque repudió con sus actuaciones los principios de la misma, extendió a toda Europa sus bases ideológicas. Con el "retorno de las cenizas" en 1840 a los Inválidos, la figura de Napoleón recibió el definitivo apoyo popular y su consagración histórica. El legado político de Napoleón en el interior, donde creó un nuevo orden del que se beneficiaría la burguesía posrevolucionaria, y fuera de las fronteras francesas, que amplió por la fuerza de las armas, ha interesado en los siglos posteriores a historiadores, literatos y cineastas, que han tratado a este singular personaje en debates historiográficos, novelas y películas. En la imagen, un fotograma de la películaNapoleón, dirigida por Yves Simoneau e interpretada por C. Clavier (Napoleón) e I. Rosellini (Josefina), a quienes vemos en una partida de ajedrez.


En la Cripta de la Iglesia del Dôme o de La Cúpula , en 1841, el rey Luis Felipe en un gesto de reconciliación con los partidos bonapartistas y republicanos, opuestos a su régimen, hizo traer desde la isla Santa Elena el cuerpo de Napoleón. Esta iglesia vínculo entre lo militar con lo histórico, era el lugar más indicado para el descanso final del emperador, cuyos restos fueron introducidos en seis ataúdes de porfirio rojo que encajan uno dentro de otro y fueron finalmente depositados en la cripta, como culminación de una gran ceremonia a la que asistió Napoleón III.
La Galería de cristal es la cripta acristalada con la Tumba de Napoleón a la que se accede por las escaleras curvas frente al altar. La división transparente detrás del altar separa el Dôme de las antiguas capillas de los Inválidos, más alejadas. La Capilla de St. Jérôme, pasado el centro de la iglesia, la capilla lateral que queda saliendo de la iglesia a la derecha de la entrada principal, contiene la tumba del hermano más joven de Napoleón, Jérôme, rey de Westfalia. En la Capilla anterior podemos ver la Tumba del Mariscal Foch 
El Museo de las Armas se encuentra en Les Invalides.

lunes, 1 de abril de 2013

2 de Abril Día de Las Malvinas Argentinas-Imágenes y Breve Reseña












Siempre escuchamos decir que “las Malvinas son argentinas”. Sin embargo, en los mapas europeos o estadounidenses las islas aparecen como “Falklands”. Y su capital, como “Port Stanley”. Y eso no es todo. Las islas están habitadas por unos tres mil descendientes de británicos que hablan el inglés. Y que a las cinco de la tarde, como si de Londres se tratara, detienen todas sus actividades para tomar el té. Entonces, las Malvinas, ¿son o no son argentinas?
Los españoles luchan contra los piratas
La historia es un poco larga de contar. Pero es aproximadamente así. Las Malvinas fueron descubiertas en 1520 por Esteban Gómez, un piloto español que integraba la expedición de Fernando de Magallanes.
Cuando en 1535 el rey de España Carlos I dividió sus dominios americanos, incluyó a las Malvinas dentro de los límites del Virreinato del Perú. Pero desde Lima, la capital del Perú, era muy difícil controlar lo que pasaba en el lejano Atlántico Sur. Y lo que pasaba era grave: piratas holandeses, ingleses y franceses merodeaban las islas y las costas patagónicas y desembarcaban en sus costas.
Los españoles protestaron enérgicamente ante estas ocupaciones. Y tan bien lo hicieron que en 1767 Francia reconoció la soberanía española sobre el archipiélago. Los ingleses opusieron mayor resistencia, pero finalmente abandonaron las islas en 1774. La Corona española no quedó satisfecha con estos desalojos y en 1776 creó el Virreinato del Río de la Plata. Su capital fue Buenos Aires, que estaba casi sobre el Atlántico y mucho más cerca de las Malvinas que la lejanísima Lima.
Argentinas… por poco tiempo
En 1816, la Argentina proclamó su Independencia de España. Y heredó del antiguo reino europeo la Patagonia y las islas Malvinas. Nuestro país ocupó las islas en 1820. Nombró entonces a un gobernador y estableció un penal para encerrar a presos muy peligrosos. En 1829 llegó el gobernador Luis María Vernet, quien fundó una población y prohibió la caza de focas. Al año siguiente, Vernet apresó un barco estadounidense que violó esa prohibición. Y los yanquis, en represalia, atacaron las islas, destruyeron todo lo que encontraron a su paso y luego se marcharon.
Luis María Vernet
En 1833, los ingleses aprovecharon la debilidad de las defensas de las islas para ocuparlas, arriar la bandera argentina y expulsar a sus habitantes. Entre ellos se encontraba el gaucho Antonio Rivero, quien encabezó la resistencia contra la ocupación colonial. Pero la sublevación fue vencida y Rivero y algunos de sus compañeros fueron tomados prisioneros y juzgados en Gran Bretaña.
Cuando esas noticias llegaron a la por entonces Confederación Argentina, Juan Manuel de Rosas y otros gobernadores argentinos de la época presentaron reclamos ante los diplomáticos británicos. Pero los invasores desoyeron esas protestas, fortificaron las islas y radicaron colonos que se quedaron allí y tuvieron hijos, nietos y bisnietos.
El tiempo de los reclamos pacíficos
Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, en 1945, se inició la llamada descolonización, durante la cual las antiguas colonias europeas comenzaron a luchar para conquistar su Independencia.
Y a pesar de que el caso de las Malvinas era distinto, porque la población era de origen inglés y no deseaba independizarse, la diplomacia argentina logró que en varias oportunidades la Organización de las Naciones Unidas (ONU) condenara la ocupación británica. Paralelamente, hubo un acercamiento hacia los isleños: se establecieron vuelos comerciales entre las islas y el continente, se atendió a personas aquejadas de enfermedades graves en hospitales de nuestro país, etcétera. Esta política de acercamiento y seducción parecía estar empezando a dar frutos positivos cuando…
Los chicos… a la guerra
A principios de 1982 la última dictadura argentina se tambaleaba. Fue entonces que el presidente de facto, el general Leopoldo F. Galtieri, intentó un manotazo de ahogado: recuperar por la fuerza las islas Malvinas para de ese modo ganar el apoyo del pueblo y salvar el gobierno militar.
La operación de desembarco tuvo lugar el 2 de abril de 1982 y fue todo un éxito: las fuerza argentinas sorprendieron totalmente a las tropas británicas y tomaron control de las islas sin que prácticamente no hubiera enfrentamientos armados. Una gran parte de los argentinos festejó la recuperación y ocupó la Plaza de Mayo y las principales plazas del país para expresar su alegría. Galtieri respiraba aliviado. Todo parecía salir como lo había planeado. Todo, menos la reacción de la primera ministra británica:Margaret Thatcher. La llamada “Dama de Hierro” enfrentaba una dura oposición a su política económica neoliberal. Así que la ocupación le vino como anillo al dedo para unir a gran parte de los británicos tras la causa de la reparación del orgullo herido. Pronto partió de Londres una gran flota compuesta por más de 100 buques para recuperar las islas. Hubo agitadas negociaciones para evitar la guerra. Y cuando parecía que estas podían tener éxito, un submarino británico se topó con el crucero argentino General Belgrano. Consultado Londres, la orden de la Thatcher fue terminante: ¡hundan al Belgrano! Y el Belgrano se hundió, llevándose con él trescientas vidas argentinas y la posibilidad de preservar la paz.
Después vinieron los bombardeos para ablandar las posiciones argentinas y el desembarco de las fuerzas británicas, que en un mes y medio lograron acorralar en los alrededores de Puerto Argentino a las inexpertas tropas argentinas formadas por muchachos de 18 y 19 años. La rendición argentina, el 14 de junio de 1982, significó el fin de la dictadura. Galtieri renunció y la junta militar convocó a elecciones generales para el 30 de octubre de 1983. Esas elecciones fueron ganadas por el candidato de la UCR,Raúl Ricardo Alfonsín.
Y ahora… ¿qué?
En la actualidad, las autoridades de nuestro país intentan restablecer las negociaciones con Gran Bretaña. Pero estas negociaciones están trabadas. Es que el recuerdo de la guerra está muy fresco todavía y los isleños no quieren saber nada con los argentinos. Habrá que esperar que el tiempo pase, que las heridas cicatricen y tal vez en futuro que nosotros no veamos las Malvinas vuelvan a ser argentinas.
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